TOULOUSE, FRANCIA Y LAS BOULANGERIES

 

He regresado de Toulouse donde estuve en un encuentro con lectores organizado por el Instituto Cervantes. Visité el College Michelet.   Profesores encantadores, niños educados y un buen nivel de lectura. El susurro del francés empezó a calar hondo y lo desempolvé sin mucho esfuerzo. Tampoco me costó excesivamente saborear un buen foie y charlar distendidamente con las personas que me acompañaron, el director del Instituto Cervantes, su hija, la gestora cultural.  Cosmopolitas que han cambiado su óptica sobre nuestro país. La ventaja que da mirar desde fuera y ver el bosque con sus árboles.  

Toulouse es una ciudad con historia y arraigo. La capital del exilio que ahora dedica placas y calles a republicanos valientes que rehicieron sus vidas en ese otro lado del Pirineo.

Tan cerca, pero tan lejos.

Francia huele a pan y sabe a vino. Nada más cruzar la frontera percibes que los pueblecitos franceses son más limpios, ordenados y entrañables que los españoles. Lo sé desde hace años, pero lo confirmo una vez más. Transité por carreteras secundarias preguntándome por qué en España nos hemos puesto a destrozar con  saña  nuestra arquitectura, nuestro urbanismo y nuestro paisaje haciendo  bandera de la fealdad. Es algo instantaneo, sin transición. En suelo español se construye mal y por todas partes, los anuncios y vallas publicitarias salen entre los árboles, sobre los tejados. Y no solo eso. La gente grita, fuma y los pueblitos no  huelen a pan.

 

Vive les boulangeries!!!!

 

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